El norte del Cauca vuelve a ser el centro de una noticia que, por desgracia, se ha vuelto paisaje en la narrativa nacional: el estruendo de las ráfagas de fusil que interrumpen el silencio de la noche. El reciente ataque a la base militar Los Pinos en Suárez, perpetrado por disidencias del frente Jaime Martínez, no es solo un reporte de orden público; es el síntoma de una herida que no logra cerrar y que desgarra el tejido social de una comunidad que se niega a rendirse.
El contraste de la realidad
Lo ocurrido el pasado viernes 16 de enero es particularmente doloroso por el contraste que genera. Apenas días antes, los habitantes de Suárez celebraban sus carnavales, demostrando que, cuando la bota violenta se retira un momento, la vida florece con música y alegría. Sin embargo, la transición de la fiesta al refugio bajo la cama es abrupta y cruel. Como bien señaló el alcalde César Cerón, los suareños "merecen vivir tranquilos", pero esa tranquilidad parece ser hoy un lujo que se negocia en medio de los combates.
Más allá de la "candela"
Si bien la respuesta del Ejército es necesaria para la defensa del territorio —expresada con la crudeza propia de quien está en el frente de batalla—, es evidente que la solución no reside únicamente en "meterles bastante candela". La respuesta militar es una contención, un escudo temporal, pero no es la cura.
La persistencia del frente Jaime Martínez y otros grupos ilegales evidencia que el control territorial sigue siendo una materia pendiente. Mientras las comunidades indígenas y campesinas tengan que alertarse por grupos de WhatsApp para buscar refugio, el Estado estará en deuda con su obligación primordial: garantizar la vida.
Una paz que requiere presencia, no solo uniformes
El llamado de los líderes comunitarios es claro y debe ser escuchado en las altas esferas del gobierno nacional. La seguridad en el Cauca no se construye solo con más batallones, sino con:
Desarrollo social: Oportunidades reales para que los jóvenes no vean en el fusil una opción de empleo.
Desescalamiento real: Voluntad política para abordar las causas subyacentes del conflicto (tierras, narcotráfico y ausencia de justicia).
Protección civil: Estrategias que eviten que la población quede atrapada en el fuego cruzado.
Conclusión
Suárez es hoy el espejo de muchos municipios en Colombia que viven en una montaña rusa emocional: un día celebran la vida en un carnaval y al siguiente rezan para que las balas no atraviesen sus paredes de bareque o ladrillo. La resiliencia de su gente es admirable, pero no debería ser obligatoria. La paz en el Cauca no puede seguir siendo un anhelo de fin de semana; debe ser una realidad estructural que silencie los fusiles de forma definitiva, para que el único ruido que se escuche en las montañas sea, de nuevo, el de la música de sus carnavales.