El asesinato de Miyer Ortega Solano en la zona rural de Argelia, Cauca, no es solo una cifra más en la macabra contabilidad de la violencia en Colombia; es un síntoma de una herida abierta que el Estado parece incapaz —o poco dispuesto— a cerrar. Cuando un líder social es asesinado, no solo muere un individuo; se fractura el tejido de una comunidad entera y se envía un mensaje de terror a quienes creen que la organización civil es el camino hacia la dignidad.

Miyer Ortega no era un desconocido. Como exdirectivo de la Asociación Campesina Agropatía y miembro de la Guardia Campesina, representaba esa resistencia civil y pacífica que se niega a ser absorbida por las lógicas del conflicto armado. Que haya sido sacado de su finca a punta de pistola, con una fotografía en mano —evidencia de un plan premeditado y quirúrgico—, demuestra que en el Cauca existe una inteligencia criminal que opera con total impunidad.

El Cauca: Un Estado dentro de otro Estado

Resulta indignante que, apenas comenzando el 2026, Indepaz ya registre cuatro líderes asesinados. La región del Micay y el sur del Cauca se han convertido en laboratorios de guerra donde convergen las disidencias de la Segunda Marquetalia, el ELN y la fuerza pública. En medio de ese fuego cruzado, los líderes sociales como Ortega quedan en una vulnerabilidad absoluta.

Lo ocurrido en la vereda La Delgadita pone de manifiesto dos realidades dolorosas:

  1. El abandono estatal: La comunidad tuvo que ser quien, en un acto de solidaridad y valentía, se movilizara para buscar a su líder y, finalmente, trasladar su cuerpo a la morgue. Es la ciudadanía haciendo el trabajo de un Estado ausente.

  2. La sistematicidad: El uso de fotografías y requisas previas al asesinato indica que los líderes están marcados. No son muertes accidentales por "estar en el lugar equivocado"; son ataques directos a la estructura organizativa del campesinado.

La Paz no puede ser un concepto abstracto

Mientras en las oficinas de Bogotá se discuten acuerdos y políticas de paz, en las veredas de Argelia y El Patía la paz es una quimera que se desvanece con cada ráfaga de fusil. La labor de Ortega como vicepresidente del comité de maquinaria y miembro de juntas comunales es el tipo de liderazgo que construye país desde el barro y la necesidad.

"Cada líder asesinado es un paso atrás en la construcción de una democracia real. Si no se protege a quienes defienden el territorio, la paz será siempre un privilegio de las capitales y un mito en las periferias."

Un llamado a la acción

La comunidad internacional y la sociedad civil colombiana no pueden acostumbrarse a estos titulares. El caso de Miyer Ortega debe ser un punto de inflexión para exigir garantías reales de seguridad, no solo más uniformes, sino presencia institucional integral que desarticule el control social de los grupos ilegales.

La muerte de Miyer es una derrota para la esperanza, pero la respuesta de su comunidad al recoger su cuerpo y denunciar el hecho es un recordatorio de que, a pesar del miedo, el tejido social en el Cauca se resiste a morir. La pregunta que queda en el aire es: ¿Hasta cuándo el costo de defender la tierra seguirá siendo la vida misma?