Existe una sensación punzante, casi universal, de no pertenecer a ningún lado. Es ese vacío que nos asalta cuando sentimos que, en el gran mercado de las existencias, nuestra vida no tiene el brillo suficiente para ser exhibida. Nos han enseñado a mirar la vida ajena no como un proceso humano, sino como una estantería de exhibición: un escaparate curado, estético y rebosante de éxitos donde el dolor, la soledad y el fracaso no tienen permiso de residencia.

Vivimos en la dictadura de la abundancia. Se nos exige acumular —dinero, parejas, sellos en el pasaporte, seguidores— como si el volumen de lo que poseemos fuera el único indicador de nuestra valía. Quien camina solo, quien no tiene una agenda llena o quien simplemente atraviesa un desierto emocional, es visto con una mezcla de sospecha y lástima. Como bien decía una colega: "Parece que la soledad les resultara lepra". La sociedad no solo rechaza al solitario; lo compadece, intentando "curar" una introspección que, en realidad, es síntoma de salud mental.

El problema de vivir comparando nuestra realidad con la "estantería" del vecino es que estamos midiendo nuestra complejidad interna contra una versión editada de la realidad. En esas fachadas ideales, lo feo y lo vulnerable se barren bajo la alfombra. Sin embargo, este año me ha enseñado una lección fundamental: no está mal estar mal. Lo que realmente nos daña es la creencia de que la vulnerabilidad es un error de sistema, cuando en realidad es nuestra característica más humana.

Al final, la mirada que dirigimos hacia arriba, hacia esos vuelos que parecen inalcanzables y majestuosos, suele estar desenfocada. Nos deslumbramos con el movimiento, sin entender que no todo lo que vuela alto tiene estabilidad. Muchas de esas vidas que envidiamos, esas que se jactan de una abundancia ruidosa y perfecta, no son vuelos de águila.

Tal vez, si escuchamos de cerca, descubriremos que aquello que creíamos una hazaña de altura es solo el zumbido breve, errático y vacío de un simple zancudo. La verdadera abundancia no está en la estantería que los demás ven, sino en la paz de quien ya no necesita mentir para existir.