La identificación de los restos de Camilo Torres Restrepo, tras casi seis décadas de un silencio impuesto por el fango de la guerra, no es simplemente un éxito técnico de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD). Es, ante todo, un acto de justicia narrativa. En un país donde los cuerpos han sido utilizados históricamente como botines de guerra , incluso después de la muerte, la recuperación del "Cura Guerrillero" obliga a Colombia a mirarse en el espejo retrovisor con menos pasión y más rigor crítico.

Camilo Torres no fue un insurgente cualquiera. Fue el académico que cofundó la sociología en el país, el sacerdote que intentó tender un puente entre el Evangelio y el marxismo, y el hombre que, al no hallar respuestas en la institución, decidió buscarlas en el fusil. Su desaparición en 1966 a manos del Ejército no solo buscaba dar de baja a un combatiente, sino borrar un símbolo. Al ocultar su cuerpo, el Estado de aquel entonces pretendió anular la mística que rodeaba su figura; sin embargo, logró lo contrario: convertirlo en un mito errante.

La ciencia contra el olvido

El uso de tecnologías geomáticas y antropología forense para dar con su paradero en Santander es un recordatorio de que la verdad, aunque tarde 60 años, tiene una persistencia biológica. La decisión de inhumarlo en la Universidad Nacional es, quizás, el cierre más coherente para su ciclo vital. Allí, entre las aulas donde cuestionó las estructuras de poder junto a mentes como la de Gabriel García Márquez, sus restos dejan de ser un trofeo de guerra para volver a ser lo que siempre fueron: sujeto de estudio y debate.

El riesgo de la polarización

Sin embargo, el regreso de Camilo Torres a la superficie no está exento de tensiones. Para el actual Gobierno, es un acto de reparación; para el ELN, una bandera de lucha; y para las víctimas de la violencia insurgente, un recordatorio doloroso de los inicios de un conflicto que aún no termina. El reto para la sociedad colombiana no es canonizarlo ni volver a fusilarlo simbólicamente, sino entenderlo como el síntoma de una época en la que la exclusión política empujó a mentes brillantes hacia la selva.

"La identificación de Torres no debe servir para alimentar viejos rencores, sino para cerrar una de las heridas más profundas del siglo XX colombiano."

Un espejo para el presente

Que Camilo Torres regrese hoy, en medio de nuevos intentos de diálogo y una persistente polarización, nos obliga a preguntarnos: ¿hemos superado las causas sociales que lo llevaron a cambiar la sotana por el camuflado? La respuesta corta es no, pero la diferencia radica en que hoy contamos con instituciones capaces de buscar la verdad bajo la tierra.

Honrar sus restos en la universidad es un paso hacia la madurez democrática. Reconocer que alguien existió, murió y tiene derecho a una tumba es el piso mínimo de humanidad que cualquier proceso de paz requiere. El cuerpo de Camilo ya no le pertenece solo a la guerrilla o a la Iglesia; ahora le pertenece a la historia, ese lugar donde los mitos finalmente descansan para dejar que hablen los hechos.