La identificación de los restos
de Camilo Torres Restrepo, tras casi seis décadas de un silencio impuesto por
el fango de la guerra, no es simplemente un éxito técnico de la Unidad de
Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).
Es, ante todo, un acto de justicia
narrativa. En un país donde los cuerpos han sido utilizados históricamente
como botines de guerra , incluso después de la muerte, la recuperación del
"Cura Guerrillero" obliga a Colombia a mirarse en el espejo
retrovisor con menos pasión y más rigor crítico.
Camilo
Torres no fue un insurgente cualquiera. Fue el académico
que cofundó la sociología en el país, el sacerdote que intentó tender un puente
entre el Evangelio y el marxismo, y el hombre que, al no hallar respuestas en
la institución, decidió buscarlas en el fusil.
La
ciencia contra el olvido
El uso de tecnologías geomáticas y antropología forense
para dar con su paradero en Santander es un recordatorio de que la verdad,
aunque tarde 60 años, tiene una persistencia biológica. La decisión de
inhumarlo en la Universidad
Nacional es, quizás, el cierre más coherente para su ciclo vital. Allí,
entre las aulas donde cuestionó las estructuras de poder junto a mentes como la
de Gabriel García Márquez, sus restos dejan de ser un trofeo de guerra para
volver a ser lo que siempre fueron: sujeto de estudio y debate.
El riesgo de la polarización
Sin embargo, el regreso de Camilo Torres a la superficie
no está exento de tensiones. Para el actual Gobierno, es
un acto de reparación; para el ELN, una bandera de lucha; y para las víctimas
de la violencia insurgente, un recordatorio doloroso de los inicios de un
conflicto que aún no termina.
"La
identificación de Torres no debe servir para alimentar viejos rencores, sino
para cerrar una de las heridas más profundas del siglo XX colombiano."
Un espejo para el presente
Que Camilo Torres regrese hoy,
en medio de nuevos intentos de diálogo y una persistente polarización, nos
obliga a preguntarnos: ¿hemos superado las causas sociales que lo llevaron a
cambiar la sotana por el camuflado?
Honrar
sus restos en la universidad es un paso hacia la madurez democrática. Reconocer
que alguien existió, murió y tiene derecho a una tumba es el piso mínimo de
humanidad que cualquier proceso de paz requiere. El cuerpo de Camilo ya no le
pertenece solo a la guerrilla o a la Iglesia; ahora le pertenece a la historia,
ese lugar donde los mitos finalmente descansan para dejar que hablen los
hechos.