La reciente designación de Alfredo Acosta Zapata como ministro de Igualdad ha levantado una polvareda de críticas que, más allá de lo técnico, parece hurgar en las heridas de una sociedad profundamente jerarquizada. El cuestionamiento principal recae sobre la ausencia de un título profesional y su pasado como líder de la guardia indígena. Sin embargo, su respuesta —“Los presidentes son pasajeros y los colombianos somos eternos”— no es solo un aforismo; es una declaración de principios sobre lo que significa la gestión pública en un país históricamente centralista.

El peso del "cartón" frente a la experiencia

La crítica por la falta de un título universitario es el argumento más sencillo de esgrimir, pero quizás el más miope en el contexto de una cartera de Igualdad. Si bien la formación académica es valiosa, Acosta Zapata llega con un doctorado en la realidad nacional: más de una década comandando la guardia indígena. En un país donde las instituciones rara vez llegan a las periferias, haber protegido la vida y el territorio sin más armas que un bastón de mando otorga una legitimidad que no se imprime en papel pergamino.

Activismo: ¿Insulto o credencial?

La oposición utiliza el término “activista” con una carga peyorativa, intentando reducir la movilización social a un acto de desorden. No obstante, Acosta es claro: la movilización es un derecho constitucional, no un trampolín electoral. Su reto será transformar ese ímpetu de las calles en políticas públicas que sobrevivan a los vaivenes del Congreso.

"La guardia indígena no ha hecho más que defender la vida, la paz y el territorio; ahora, el Ministerio debe hacer lo mismo."

El desafío de la permanencia

Lo más rescatable de su postura es la visión a largo plazo. Al desmarcarse de la figura del presidente —llamándolo "pasajero"—, Acosta Zapata le envía un mensaje contundente tanto a Gustavo Petro como a la oposición: la entidad no debe ser un fortín político de turno, sino una institución de Estado.

Para que el Ministerio de Igualdad no sea un experimento fallido, el nuevo ministro deberá demostrar que la concertación y el diálogo amplio, esos que aprendió en las asambleas indígenas, son herramientas eficaces para navegar las aguas turbulentas del legislativo.

En conclusión, juzgar a Acosta Zapata por su falta de título es ignorar la deuda histórica con los sectores que representa. Su éxito no dependerá de un diploma, sino de su capacidad para que esa "eternidad colombiana" de la que habla se traduzca en soluciones reales para quienes siempre han sido invisibles.