La tragedia que azota al Pacífico nariñense no es una novedad, pero su magnitud actual sí lo es. El implacable invierno ha desnudado, una vez más, la profunda vulnerabilidad de una región vital para Colombia, dejando a su paso un rastro de destrucción, aislamiento y desesperación. Los municipios de Mallama, Ricaurte y Barbacoas son hoy el doloroso epicentro de una emergencia que trasciende lo ambiental para convertirse en una crisis social y humanitaria.
La Fragilidad de la Conexión
El texto periodístico lo dice sin eufemismos: los deslizamientos han bloqueado la única arteria vial que conecta estas zonas. La geografía, esa misma que regala paisajes de selva exuberante, se ha convertido en una trampa mortal cuando las lluvias arremeten con esta furia. El colapso del puente entre Playón y Encajonado, en Barbacoas, es más que una infraestructura caída; es el símbolo de la ruptura de la conectividad y la confirmación del abandono histórico. Cuando la única vía de acceso se destruye, las comunidades quedan no solo incomunicadas, sino condenadas al desabastecimiento y a la paralización total de su vida económica y social.
Comunidades en la Cuerda Floja
La situación es especialmente crítica para la comunidad Awá, cuyo territorio ancestral en el resguardo El Gran Sábalo sufre el impacto directo. Sus viviendas están dañadas, sus escuelas cerradas y su modo de vida, que depende en gran medida de los cultivos, está amenazado. Esto nos recuerda que los fenómenos naturales nunca son neutrales: golpean con más fuerza donde la precariedad y la ausencia estatal han sentado raíces. La incertidumbre que "reina en el aire" es el resultado de saberse a merced de la naturaleza y, peor aún, de la lentitud o insuficiencia de la respuesta oficial.
Un Llamado a la Acción Inmediata y Estructural
El llamado urgente de los afectados a las autoridades locales, departamentales y nacionales no puede ser ignorado ni minimizado con una simple "recomendación de extremar precauciones". Si bien la atención inmediata —maquinaria, ayuda humanitaria y planes de reubicación temporal— es crucial, la verdadera solución debe ser estructural.
Colombia debe dejar de tratar las tragedias invernales en Nariño como eventos aislados. Se requiere una inversión seria y sostenida en:
Infraestructura Resiliente: Construcción de vías y puentes que realmente soporten la fuerza de los fenómenos climáticos, priorizando materiales y diseños acordes a las condiciones del piedemonte y el Pacífico.
Gestión del Riesgo Territorial: Planes de ordenamiento territorial que consideren la alta amenaza por deslizamientos, incluyendo sistemas de alerta temprana eficientes y capacitación permanente a las comunidades.
Atención Diferencial: Priorizar a los pueblos indígenas, como la comunidad Awá, garantizando que la ayuda y las soluciones de infraestructura respeten su cosmovisión y respondan a sus necesidades específicas.
La furia de las lluvias pasará, pero la vulnerabilidad no lo hará si el Estado no asume su responsabilidad con la debida celeridad y visión de futuro. El Pacífico nariñense no solo está pidiendo ayuda; está exigiendo la dignidad de no ser una región olvidada a merced de la próxima tormenta.