La reciente decisión de Colombia de suspender la venta de electricidad a Ecuador no es solo un problema técnico o comercial; es una sacudida de realidad que expone la extrema fragilidad de nuestro sistema energético. Depender de un tercero para cubrir entre el 8% y el 12% de la demanda nacional es, en términos estratégicos, caminar por la cuerda floja sin red de seguridad.

Una vulnerabilidad estructural

El embalse de Mazar, nuestro pulmón energético, puede estar lleno, pero tener una central operando a media marcha es el síntoma de una enfermedad crónica: la falta de diversificación y mantenimiento. El fenómeno de El Niño ya nos dio una advertencia severa en el pasado, y el hecho de que hoy sigamos mirando hacia Bogotá para saber si tendremos luz mañana demuestra que no hemos aprendido la lección.

Los riesgos de la dependencia

Margen de error cero: Con el aporte colombiano fuera de la ecuación, cualquier falla mínima en nuestras hidroeléctricas locales se traduce inmediatamente en apagones.

Geopolítica de la energía: Aunque se califiquen de "arbitrarias o unilaterales", las decisiones de un país suelen priorizar su propia seguridad interna ante crisis climáticas. La dignidad nacional, mencionada en el discurso oficial, se construye con infraestructura, no solo con retórica.

El factor climático: No podemos seguir apostando el futuro del país a que llueva en las zonas correctas. La crisis de Acolgén en Colombia es un espejo de lo que nos sucede: la dependencia excesiva de la hidrología es una apuesta de alto riesgo.

La urgencia del cambio

Ecuador necesita dejar de ser un paciente en cuidados intensivos que depende de un respirador externo. La crisis actual debe ser el catalizador para acelerar proyectos de energía no convencional (solar, eólica) y para optimizar las termoeléctricas que hoy funcionan a medias.

La soberanía no es un concepto abstracto; es la capacidad de encender la luz en un hospital o en un hogar sin pedir permiso a nadie. Mientras sigamos a prueba por decisiones externas, nuestra economía y nuestra tranquilidad seguirán siendo rehenes de un cable que cruza la frontera.