Los ecos del bombardeo militar en zona rural del Guaviare, dirigido contra disidencias, han resonado con una dolorosa familiaridad en Nariño. No es la distancia geográfica lo que nos conecta con este trágico suceso, sino el nombre y el rostro de dos jóvenes: Edier Fabián Montaño Valencia, de 20 años, oriundo de Policarpa, y Faber Illeras Gamboa, de 19 años, nacido en El Charco. Ellos, al parecer, se suman a la larga lista de vidas jóvenes truncadas en medio de un conflicto que se niega a morir.

La confirmación de la presencia de dos nariñenses entre las 19 víctimas, 14 de ellas ya identificadas, reabre una herida profunda en nuestro departamento. Una herida que se agrava al conocer que, en el balance general de la operación, también se encuentran siete menores de edad. Más allá de si estos menores eran o no de Nariño, su muerte es un espejo de la tragedia humanitaria que se vive en los territorios más afectados por la guerra, donde la línea entre combatiente y víctima es a menudo borrosa, y la desesperanza se convierte en el peor reclutador.


El Costo de la Estrategia del Bombardeo

Las operaciones militares de esta naturaleza, si bien buscan desmantelar estructuras armadas, tienen un costo humano y político incalculable.

  • El foco en los jóvenes: La edad de los fallecidos, incluida la de nuestros jóvenes nariñenses, es una señal de alarma. Nos obliga a preguntarnos qué está fallando en las oportunidades que le ofrecemos a nuestra juventud para que la opción armada siga siendo una vía, o peor, una trampa.

  • La revictimización de Nariño: Nuestro departamento ha sido históricamente uno de los más golpeados por la violencia. Cuando una operación militar arroja como resultado la muerte de sus hijos, el mensaje que se recibe no es de seguridad, sino de un dolor renovado y la sensación de ser un territorio del que solo se habla por las bajas y los enfrentamientos.

  • La Contradicción del Diálogo: Precisamente, las autoridades nariñenses han elevado una petición contundente para que cese este mecanismo de bombardeo, argumentando que en la región se han registrado indicadores positivos gracias a los caminos del diálogo y la paz. Esta postura es sensata. El diálogo, por imperfecto y difícil que sea, ofrece una salida humana y sostenible. El bombardeo, en cambio, solo garantiza un ciclo interminable de venganza y reclutamiento.


La Urgencia de un Enfoque Diferente

La política de seguridad no puede reducirse a la ecuación de bajas por objetivos. Debe incluir una perspectiva integral que aborde las causas estructurales de la violencia. La confirmación de las identidades de Edier Fabián y Faber Illeras Gamboa debe servir como un punto de inflexión. No son solo cifras en un listado; son la prueba tangible de que el conflicto sigue devorando el futuro de Nariño.

Es hora de escuchar el clamor de las comunidades y autoridades locales. Es imperativo priorizar los mecanismos de diálogo y fortalecer la presencia del Estado con inversión social, educación y oportunidades reales para los jóvenes. Solo así, aseguraremos que la única "operación militar" de la que se hable en el futuro sea aquella que finaliza un conflicto, no la que siembra más luto en nuestros hogares.

El diálogo es la única opción sostenible que tenemos para que la tierra de Nariño deje de ser el nombre que aparece en los listados de víctimas.